Elías Prada Galán

El piano cuántico. Fragmentos de libros olvidados, que no deberían estarlo

IGLESIA NORTEAMERICANA INDIGENA

Las iglesias modernas, con algunas excepciones entre las sectas protestantes, toleran el alcohol, pero ni la más tolerante ha intentado nunca convertir el estimulante al cristianismo o a un sacramento de su uso. El bebedor piadoso se ve obligado a poner su religión en un compartimiento y su substitutivo de la religión en otro. Y tal vez sea esto inevitable. Beber no puede ser sacramentado, salvo en religiones que no dan valor al decoro. El culto a Dionisos o al dios celta de la cerveza era cosa grosera y desordenada. Los ritos del cristianismo son incompatibles hasta con la embriaguez religiosa. Esto no daña a los vinateros y licoristas, pero es muy malo para el cristianismo. Son innumerables las personas que desean la autotrascendencia y que se alegrarían de encontrarla en la iglesia, Pero, ay, “las hambrientas ovejas levantan la vista y no son alimentadas”. Participan en los ritos, escuchan los sermones y repiten las oraciones, pero su sed queda sin satisfacer. Decepcionadas, se vuelven hacia la botella. Durante un tiempo, por lo menos, y en cierto modo, esto les da resultado. Cabe todavía asistir a la iglesia, pero esto no es más que el banco musical del Erewhon de Butler. Cabe todavía reconocer a dios, pero es un dios meramente verbal, un dios estrictamente al estilo Pickwick. El objeto efectivo de culto es la botella y la única experiencia religiosa es ese estado de euforia sin trabas y beligerante que sigue a la ingestión del tercer cóctel.
Vemos, pues, que el cristianismo y el alcohol no se mezclan ni pueden mezclarse. El cristianismo y la mescalina parecen mucho más compatibles. Esto ha sido demostrado por muchas tribus de indios, desde Tejas hasta tan al norte como Wisconsin. Entre estas tribus, hay grupos afiliados a la Iglesia Norteamericana Indígena, una secta cuyo rito principal es una especie de ágape o fiesta de amor al estilo de los primeros cristianos, donde las rodajas de peyotl ocupan el lugar del pan y el vino sacramental. Estos indígenas norteamericanos consideran el cacto una concesión especial de dios a los indios y sus efectos una equivalencia de la obra del divino espíritu. El profesor J.S. Slotkin –uno de los pocos blancos que ha participado en los ritos de una congregación peyotlista- dice al hablar de sus compañeros de secta “Desde luego no quedan pasmados o borrachos… Nunca pierden el compás o farfullan al hablar, como lo haría un hombre bebido o pasmado… Todos se muestran serenos, corteses y considerados con los demás. Yo no he visto un templo de blancos donde haya tanta religiosidad y tanto decoro”
(A. Huxley, “Las puertas de la percepción. Cielo e infierno. “)

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